Fernando Castro

El mito del renacimiento en Nietzsche

A. C. T. O , Nº 1. 2002

“La veneración por el Renacimiento de Burckhardt y Nietzsche produce la impresión de la conducta de jinetes propietarios de su caballo que no se han atrevido a dar el salto decisivo, ni siquiera en la teoría”
Ernst Jünger: El Autor y la escritura

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Cuando Nietzsche fue nombrado catedrático de lenguas clásicas por la Universidad de Basilea sólo tenía 24 años y era una de las grandes esperanzas de la filología alemana. Dicha universidad, que estaba regida por un consejo cívico, contaba entonces con poco más de 100 alumnos entre todas sus facultades. En ella descollaba un profesor: Jacob Burckhardt, autor de dos libros magistrales sobre el Renacimiento italiano: La cultura del Renacimiento (1860) y El Cicerone (1855); por los que habíase granjeado entre la juventud europea un prestigio similar al que gozó Winckelmann en el siglo anterior. Nietzsche se percató enseguida de la talla intelectual de Burckhardt. “Hay que levantarse y acostarse leyendo El Cicerone de Burckhardt ¬le decía Nietzsche a su amigo Gersdorff en una carta¬. Pocos libros hay que aviven tanto la imaginación y que mejor preparen para penetrar las concepciones artísticas”.

Igual que Goethe forjó su idea de la superioridad del arte clásico con la lectura de Winckelmann, cuyos libros le acompañaron en las inolvidables jornadas de su viaje a Italia, Nietzsche lo hizo leyendo a Burckhardt, y bajo el hechizo de sus clases magistrales en la universidad de Basilea.

Desde el principio la simpatía entre ambos fue mutua. Aunque el aprecio de Burckhardt hacia el joven Nietzsche se fue atenuando, sobre todo a raíz de la ruptura violenta de este con Wagner y de su deriva hacia la prosa poética o ditirámbica, cuya culminación, como sabemos, es el Zaratustra, libro en el que puso esperanzas tan desmedidas que incluso a sus lectores más fervientes les cuesta compartir.

Por su parte, Nietzsche siempre proclamó una admiración absoluta por Burckhardt, no llegando a sospechar el efecto negativo que sus últimos libros ejercieron sobre este. Las primeras cartas que le dirige tras el fulminante ataque de locura lo llama “su mayor máximo maestro”. Abrumado por la vehemencia del afecto que le dispensaba su discípulo y amigo, Burckhardt se percató de que tenía que limitar el alcance de su influencia sobre él: “Mi pobre cabeza nunca ha sido poderosa, como la de usted, para reflexionar sobre las razones últimas, los propósitos y los fines deseables de la ciencia histórica”. Y añadía: “solo he deseado que cada uno de mis oyentes sintiese y supiese que puede por sí mismo buscar y asir lo que a su personalidad conviene, y que hay un deleite en hacerlo. Nada me importa que por esto se me acuse, como es muy probable, de amateurismo”. Y en otra carta manifiesta irónicamente su esperanza de que al menos una multitud expectante se reúna en los valles para contemplar al solitario caminante de los riscos.

Thomas Mann, en su lúcido ensayo sobre Nietzsche, que data de 1947, se percata de la ambivalencia de los sentimientos que el joven filósofo sentía por el magister de la historia y de la vida. Las reservas de este hacia aquél debieron de manifestarse desde el principio de su amistad, si bien de un modo velado:

“Pero Jacob Burkhardt ¬asevera Tomas Mann¬ hacia el cual Nietzsche alzaba sus ojos como hacia un padre, no era un filisteo; y, sin embargo se dio cuenta muy pronto de la inclinación, incluso de la voluntad de extraviarse y de entregarse a desvíos mortales que había en la orientación espiritual de su joven amigo, y se separó prudentemente de él, lo dejó caer, con una cierta indiferencia, que era una autodefensa parecida a la empleada por Goethe…” [1]

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