José Ortega y Gasset

Europa y la idea de nación

gasset1La Idea de Nación, que había sido hasta ahora una espuela, se convierte en un freno. Incapaz de ofrecer a cada pueblo un programa de vida futura los paraliza y los encierra dentro de sí mismos. Pero esto significa que las colectividades europeas han dejado de ser propiamente naciones y por un proceso de involución –de Zurückbildung– han retrocedido al estado primitivo de pueblos que no son sino pueblos, han recaído en la vida propiade sus pequeños usos, hábitos, manías. Los periódicos se ocupan principalmente en conmemorar las glorias caseras, en hablar de sus pequeños hombres, como nunca habían hecho hasta ahora. Al mismo tiempo se cultiva elfolklore monumentalizándolo de una manera grotesca. El folklore es el prototipo de lo casero.

Piensen ustedes ahora si no es paradójica la presente situación de los pueblos europeos. Por encima de ellos, quieran o no, enormes problemas comunes a todos se elevan sobre el horizonte y pasan sobre ellos como negras nubes viajeras. Esto les obliga –repito, quieran o no- a hacer algunos gestos de vaga, tenue, oblicua participación en esos problemas. Pero en realidad –y esto es lo insensato-, no sienten interés auténtico por ellos, como si esos problemas no se refiriesen a todos. La prueba es el hecho escandaloso de que casi ningún pueblo de Europa tiene hoy una política que afronte esos problemas. Lo más que hacen es decir “no” a todo lo que se les propone. En cambio, se afirman en sus viejas costumbres, atentos sólo a las minúsculas cosas, personas, acontecimientos que dentro del ámbito nacional aparecen.

Hoy ningún pueblo admira a otro pueblo, al contrario, le irrita todo lo peculiar del otro pueblo, desde el modo de moverse hasta el modo de escribir y de pensar. Esto significa que el “nacionalismo hacia fuera” se ha convertido en un sorprendente “nacionalismo hacia dentro”, o, como diríamos mejor, con un vocablo francés, en un nacionalismo rentré.

Porque, entiéndase bien: hoy no se trata, como siglos anteriores, de que cada pueblo crea que su manera particular de ser hombre es la mejor, la más perfecta, la más rica. Es por lo menos dudoso que haya hoy nación europea que sienta plena confianza en sí misma, que vea claro su porvenir como nación. La nacionalidad que durante el siglo XIX era una animadora empresa ha perdido hoy su poder de impulsar y de proyectar en el futuro. Ha dejado de ser dinámica y se ha vuelto estática y pasiva.

El que nuestra civilización se nos haya vuelto problemática, el sernos cuestionables todos sus principios sin excepción no es, por fuerza, nada triste ni lamentable, ni trance de agonía, sino acaso, por el contrario, significa que en nosotros una nueva forma de civilización está germinando, por tanto, que bajo las catástrofes aparentes –en historia las catástrofes son menos profundas de lo que parecen a sus contemporáneos-, que bajo congojas y dolores y miserias una nueva figura de humana existencia se halla en trance de nacimiento.

Pero esta sensación de naufragio es el gran estimulante del hombre. Al sentir que se sumerge reaccionan sus más profundas energías, sus brazos se agitan para ascender a la superficie. El náufrago se convierte en nadador. La situación negativa se convierte en positiva.

La fuerza mayor y más auténtica del español es que no pone condiciones a la vida; está siempre pronto a aceptarla, cualquiera sea la cara con que se presenta. Ni siquiera exige a la vida el vivir mismo. Está en todo momento dispuesto a abandonarla sencillamente y sin más literatura. Esto nos da una insuperable libertad ante la vida y merced a ello respondemos siempre en estas últimas situaciones en que se han perdido todas las esperanzas. Por eso nos hemos especializado en guerras de independencia y en guerras civiles, que son guerras de desesperación. No es azar que una de las palabras españolas existentes hoy en todas las lenguas de Occidente y especialmente en la alemana sea la de Desesperado-Politik.

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José Ortega y Gasset

Meditación de Europa

Conferencia pronunciada en Berlín en 1949 con el título: «De Europa meditatio quaedam»

ortega medicaDedico el texto completo de esta conferencia al Magistrat Berlins,que tan honrosamente me llamó, me hospedó, me agasajó,así como a los Studenten und Studentinnen —¡cuántos ojos maravillosos!—,que escucharon con tan efusiva cordialidad.

Pienso que es en Berlín, precisamente en Berlín, donde se debe hablar de Europa. El tema es enorme y tiene las más numerosas dimensiones, pero estan nuclear, tan jugoso que aun para decir sobre él lo más mínimo serían necesarias muchas horas. Por eso es aventura de sobra insensata querer deciryo algo sobre Europa cuando dispongo para ello sólo de unos cuantos minutos. En casos como éste se me hace especialmente manifiesto hasta qué puntoson obesos los vocablos, cuán grande es el volumen de tiempo que desalojan y echo de menos que, como hay una taquigrafía o estenografía, no exista algoasí como una taquifonía, un hablar condensado que permita a un alma, en el breve ciclo que forma una hora, verter sobre las almas afines toda la cosecha de sus pensamientos. Mas no habiendo nada parecido, lo que voy a hacer —hablar unos minutos sobre Europa— se parece sobremanera al número de circo en que el japonés pinta su cuadro en sesenta segundos con el pie izquierdo.

Pero hay dificultades más esenciales que, viniendo de otros cuadrantes, caen sobre nosotros cuando nos proponemos hablar sobre un tema auténtico y vivaz.

Y esto me lleva a llamar la atención sobre algo con que conviene contar en el presente. Los pueblos europeos están desde hace siglos habituados a que conforme van aconteciendo los cambios históricos haya gentes que se encargan de intentar aclararlos, de procurar definirlos. Ha sido ésta la labor de la pura intelectualidad. No creo que la pura intelectualidad tenga en la historia un papel cuantitativamente muy importante, pero la realidad es que los organismos sociales europeos estaban habituados a contar con que se haga luz sobrelo que va pasando. Es una función, como la vitamínica, de escaso valor cuantitativo, pero sin la cual el organismo no puede vivir. Pues bien, por vez primera desde hace muchos siglos esa labor de esclarecimiento ha quedado incumplida durante los últimos veinte años. Los más auténticos intelectuales, por razonesdiversas y bien fundadas, han guardado absoluto silencio. Y es el caso que durante ellos han acontecido hechos históricos que por su tamaño y su índole pertenecen a una fauna nueva en la historia; por tanto, aún más necesitados de aclaración. Al faltar ésta resulta que a las angustias, dolores, derrumbamientos,penalidades de toda clase se ha añadido para aumentar el sufrimiento delos europeos, la falta absoluta de claridad sobre eso que sufrían. El dolor quedóy queda multiplicado por la tiniebla en que se produce. Las gentes endurabantormentos y no sabían ni saben de dónde éstos vienen ni quién o qué las atormenta.Si preferimos dar a la tremenda coyuntura una expresión humorística,habremos de recordar aquel cuadro presentado en una exposición de pinturascuyo lienzo estaba todo él embadurnado de negro y llevaba este rótulo: «Luchade negros en un túnel».

La segunda dificultad, más sustancial, consiste en que Europa es ciertamenteun espacio, pero un espacio impregnado de una civilización y estacivilización, la nuestra, la europea, se nos ha convertido a nosotros mismoslos europeos en algo problemático. Más aún: conversar sobre cualquier temaimportante es hoy sobremanera difícil, porque las palabras mismas han perdidosu sentido eficaz. Como acontece siempre al fin de un ciclo cultural, losvocablos de las lenguas están todos envilecidos y se han vuelto equívocos.Las dos únicas palabras que conservaban algún prestigio —cárcel y muerte—hoy ya no significan nada porque se ha llevado a la cárcel por los motivosmás opuestos y más fútiles, porque se ha asesinado bajo todos los pretextosy porque una reciente filosofía macabra, una filosofía que viene a sercomo una nueva «Danza de la muerte» ha querido convertir a la muerte enbonne à tout faire.

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José Ortega y Gasset

Meditación del marco

BUSCANDO UN TEMA:

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En esta habitación donde ahora escribo hay muy pocas cosas, pero entre ellas dos grandes fotografías y un pequeño cuadro que en las horas de forzado ocio, de enfermedad o de fatiga atraen con preferencia mi atención. Las dos fotografías se hacen frente desde dos paredes opuestas. Una reproduce la figura de La Gioconda que está en el Museo del Prado; la otra el Hombre con la mano al pecho, que pintó el frenético griego de Toledo. Este personaje desconocido es una fisonomía apasionada e incandescente que modera con el peso de su mano una incurable exaltación cordial y mira el mundo con ojos febriles. La blanca gola emite una estelar fosforescencia; la barba aguda parece estremecerse y sobre el negro traje, bajo el corazón, el puño de oro del estoque da un perpetuo latido de fuego. Siempre he pensado que esta figura era la más cabal representación de Don Juan, se entiende de Don Juan, según mi manera de interpretarlo, que discrepa un poco de las usadas.

A su vez, la Gioconda, con sus cejas depiladas y elástica carne de molusco, con su sonrisa de doble filo, que es a la par de atracción y esquivez, simboliza para mí la extrema feminidad. Corno Don Juan es el hombre que ante la mujer no es sino un hombre -ni padre, ni marido, ni hermano, ni hijo-, es la Gioconda la mujer esencial que conserva invicto su encanto. Madre y esposa, hermana e hija son los precipitados que da la feminidad, las formas que la mujer reviste cuando deja de serio o todavía no lo es. La mayor parte de las mujeres tienen de mujer sola una hora en su vida, y los hombres suelen ser Don Juan no más de unos momentos. Si dilatamos estos momentos, prolongándolos sobre toda una existencia, formaremos la ideal figura de Don Juan y de Doña Juana. Porque esto es la Gioconda: Doña Juana. Así, estas dos fotografías, desde sus paredes fronteras, son tal para cual. Victorioso de todas las demás mujeres, era interesante hacer sufrir a Don Juan la mayor experiencia sometiéndolo al influjo de Doña Juana. ¿Qué pasara? La habitación en que ahora escribo es el laboratorio psicológico donde se verifica el experimento.

Al caer de la tarde, sobre todo cuando la retaguardia de la luz combate en los ángulos de la estancia con la tiniebla invasora, se dispara entre ambas fotografías un dinámico canje de energías. Yo me he complacido más de una vez en sorprender el tácito diálogo, la ofensiva y defensiva de los dos cartones simbólicos, que, como castillos pirotécnicos, se lanzan mutuamente, al través del aposento, bengalas sentimentales.

Ya que he de escribir un pliego mas, a fin de colmar las dimensiones de este tomo, ¿por qué no hacerlo sobre este tema? Hay, sin embargo, un inconveniente. Este grave tema de amor y de dolor no cabe en un pliego: requeriría docenas de ellos y ahora se trata de escribir uno solo.

Busquemos un tema más humilde. Tal vez el pequeño cuadro que pende a la izquierda del Hombre con la mano al pecho Es un paisaje de Regoyos, el más humilde de los pintores, Fray Angélico de las glebas y los sotos, que parecía ponerse de rodillas para pintar una col. Se trata de un rincón del Bidasoa: una mansa de verdes hortalizas, vagos al fondo los montes plomizos de Francia, nubes ingrávidas en lo alto, curvas del río sinuoso, sin pueblo refulgente que el sol orifica con su último rayo, Y el puente internacional sobre el que corre, única nerviosidad en medio de la vaporosa calma, un trenecito apresurado. El humo de la locomotora se desvanece en el aire y cuando ya va a borrarse le vemos renacer de si mismo, así indefinidamente. Este continuado ritmo de muerte y resurrección del humito dota al cuadro de una como vital pulsación que lo mantiene en inmarcesible actualidad.

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Fernando Castro

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