Raymond Aron

El imperativo del progreso económico obliga al pensamiento de derecha a aceptar la no estabilidad de las condiciones de existencia, de una generación a otra.(14) Este mismo imperativo obliga al pensamiento de izquierda a reflexionar sobre la compatibilidad o la no compatibilidad de sus diversos fines.

Es sabido que el nivel de vida de los trabajadores depende mucho más de la productividad del trabajo que del régimen de propiedad de las empresas, que la distribución de los ingresos no es necesariamente más inequitativa en un régimen de propiedad privada y de competencia que en un régimen de planificación. Si los dos objetivos mayores de la izquierda, en el orden económico, son el crecimiento y la justicia en la distribución, ya se ha hecho la prueba experimental de que la propiedad pública y la planificación no son medios necesarios. El doctrinarismo socialista nace de una adhesión a ideologías anacrónicas. La crítica de los mitos desemboca directamente no en una elección sino en una consideración razonable de los regímenes en los que las naciones tienen que vivir.

Por otra parte, ¿por qué habría yo hablado sobre la elección por hacer? Ni los estadunidenses, ni los británicos ni los franceses ni los soviéticos tienen que elegir entre regímenes. Los estadunidenses y los británicos están satisfechos con los suyos y los modificarán en función de los acontecimientos. Si se da una crisis, no dudarán, aunque, sin decirlo o afirmando lo contrario, pasen a una especie de planificación. Basta mostrar que los objetivos económicos de la izquierda pueden ser alcanzados en el marco de los regímenes occidentales para disipar el prestigio de la mitología revolucionaria e incitar a los hombres a resolver razonablemente problemas más técnicos que ideológicos.

El caso de Francia es particular. La economía francesa sufre(15) de una insuficiencia de dinamismo. La situación geográfica y los sentimientos de los franceses excluyen la imitación o la importación del régimen soviético, sin hablar de la repulsión que sentiría la inmensa mayoría de los franceses (incluida la mayoría de los que votan por el partido comunista) respecto de las prácticas soviéticas, el día en que tuvieran esa experiencia. Desde entonces, la crítica -que disipa la nostalgia de la perturbación benéfica- abre camino para el esfuerzo de construcción.

No hay tantas diferencias, en Francia, entre un economista que se dice de izquierda como Alfred Sauvy y un economista que se dice de derecha como yo. Por cierto, Alfred Sauvy sugiere con naturalidad, sin escribirlo negro sobre blanco (es demasiado inteligente), que los feudales son los principales responsables, si no los únicos, del estancamiento. Finge ignorar que las resistencias al cambio vienen de los pequeños por lo menos tanto como de los grandes y que los sindicatos obreros o los sindicatos de funcionarios o de productores agrícolas son llevados al malthusianismo tanto como los sindicatos patronales. Favorece, sin creer en ella, la leyenda de una izquierda expansionista contra una derecha malthusiana, aun cuando ha mostrado mejor que nadie a qué grado el gobierno del Frente Popular de 1936 había sido, por ignorancia, malthusiano.

La adhesión a un partido nunca ha sido, para mí, una decisión de alcance esencial. Inscribirse en el partido comunista es adherirse a un sistema del mundo y de la historia. Inscribirse al partido socialista o al MRP [Mouvement Républicain Populaire] es manifestar fidelidad o por lo menos afinidad con una representación de la sociedad, con una familia espiritual. No creo en la validez de un sistema comparable al de los comunistas; me siento apartado de las preferencias, o de la Weltanschauung, ya sea de la izquierda o de la derecha, de los socialistas o de los radicales, del MRP o de los independientes. Según las circunstancias, estoy de acuerdo o en desacuerdo con la acción de tal movimiento o de tal partido: no me gustaba, en 1941 o en 1942, la pasión con la cual los gaullistas, desde afuera, denunciaban la “traición” de Vichy. En 1947 yo consideraba deseable una revisión de la Constitución o de la práctica constitucional que el RPF [Rassemblement du Peuple Français] decía querer. Una vez que el intento del RPF fracasó, los republicanos sociales agravaron los defectos del régimen, y yo no podía asociarme a su acción ni callar sus efectos funestos. Tal vez esa actitud sea contraria a la moralidad (o inmoralidad) de la acción política. No lo es a las obligaciones del escritor.

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