Raymond Aron

Si mis críticas parecían dirigidas sobre todo contra la izquierda, la culpa tal vez la tiene el deseo de convencer a mis amigos. La culpa la tiene también la actitud que adoptan, en su mayoría, los hombres de izquierda de hoy, y que me parece una traición a la izquierda “eterna”.

La izquierda salió del movimiento de la Ilustración, invoca la libertad intelectual, quiere derribar las Bastillas, cuenta con el florecimiento simultáneo de la riqueza, gracias a la explotación de los recursos naturales, y de la justicia, gracias a la erradicación de las supersticiones y al reino de la Razón. El prejuicio favorable respecto de la tiranía de un partido único, que erige una superstición seudorracionalista en ideología oficial, a mi juicio, es la vergüenza de los intelectuales de izquierda. No sólo sacrifican lo mejor de la herencia de la Ilustración -respeto por la Razón, liberalismo-sino que lo sacrifican en una época en que nada justifica el sacrificio, por lo menos en Occidente, dado que la expansión económica para nada requiere la supresión del parlamento, de los partidos o de la libre discusión de las ideas.

También en esto, la crítica de los mitos cumple directamente una función positiva. ¿Cómo son llevados los intelectuales hacia esa negación(16)? Por el error monista: el marxismo ignora la política; decreta que la clase económicamente dominante es, en tanto tal, detentadora del poder. La llegada del proletariado al rango de clase dirigente equivaldrá a la liberación de las masas. Dado que se ha puesto el origen de la enajenación económica en la propiedad privada de los medios de producción, se llega al resultado burlesco de que la propiedad pública de los medios de producción y la omnipotencia de un partido equivalen a la sociedad sin clases, por una serie de equivalencias verbales (poder del partido = poder del proletariado = supresión de la propiedad privada = supresión de las clases = liberación humana).

La expansión económica, ya sea que se procure con el método soviético o con el método occidental, nunca garantiza el respeto de los valores políticos. El acrecentamiento de la riqueza global o incluso la reducción de las desigualdades económicas no implican ni la salvaguarda de la libertad personal o intelectual, ni el mantenimiento de las instituciones representativas. Lo que es más, como Tocqueville o Burckhardt lo habían visto claramente hace un siglo, las sociedades sin aristocracia, animadas por el espíritu de negocios y el deseo ilimitado de riqueza, están acechadas po r la tiranía conformista de las mayorías y por la concentración del poder en un Estado gigantesco. Cualesquiera que sean las tensiones que crea el retraso del progreso económico en Francia, la tarea más difícil, en una perspectiva histórica a largo plazo, no es asegurar el crecimiento de los recursos colectivos, sino evitar el deslizamiento de las sociedades de masas a la tiranía.

No me opongo a los intelectuales de izquierda que exigen la aceleración del crecimiento económico en Francia. Soy probablemente más sensible que ellos al costo del crecimiento, y no concuerdo menos con ellos sobre lo esencial, mientras no estén fascinados por el modelo soviético. Les reprocho la parcialidad que los incita a tomar partido siempre contra los occidentales: están listos para aceptar el comunismo en los países subdesarrollados para favorecer la industrialización; y no son poco hostiles a los Estados Unidos, que pueden dar lecciones de industrialización a todos. Cuando se trata de la Unión Soviética, el progreso económico justifica la destrucción de las independencias nacionales, en Asia o incluso en Europa. Cuando se trata de las colonias europeas, el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos se aplica con todo su rigor. La represión semiviolenta que ejercen los occidentales en Chipre o en África se denuncia despiadadamente, mientras la represión radical en la Unión Soviética, con traslados de poblaciones, se ignora o se perdona. Las libertades democráticas se invocan contra los gobiernos democráticos de Occidente, pero se disculpa la desaparición cuando es obra de un régimen que se proclama proletario.

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