Raymond Aron

No he precisado, es cierto, ni lo que conviene hacer en Francia para reformar el sistema político, ni en África y en Asia para contribuir a un crecimiento sin tiranía. Esos problemas actuales no se deducen de la filosofía política. Pero las querellas entre franceses ya estarían apaciguadas a medias si los problemas estuvieran planteados en términos concretos, razonables, si los mitos de ayer no taparan el horizonte de la búsqueda.

El escepticismo y la fe

¿He explicado íntegramente por qué El opio de los intelectuales se considera un libro negativo? Ciertamente no, y percibo yo mismo otras razones.

Muchos lectores están irritados por lo que uno de mis contradictores, en el Centro de Intelectuales Católicos, ha llamado “mi dramática sequedad”. Debo confesar una repugnancia extrema a responder a ese tipo de argumentos. Los que dan a entender que sus sentimientos son nobles y sus adversarios egoístas o ruines me producen el efecto de exhibicionistas. Nunca he considerado que hubo allí mérito ni dificultad que sufrir, ni que la compasión por el dolor de los otros fuese el privilegio de los redactores de Le Monde o de Les Temps modernes, de Esprit o de La Vie intellectuelle. El análisis político gana al despojarse de todo sentimentalismo. La lucidez no se da sin esfuerzo, la pasión regresará por sí sola al galope.

Le reprocho a Merleau- Ponty, de quien en tantos aspectos me siento tan cerca, haber escrito contra Sartre que “uno no está exento de la miseria por haber saludado a la Revolución de lejos”. Desde luego, uno no está exento a tan bajo costo, pero ¿cómo pagar nuestra deuda, nosotros los privilegiados? He conocido a una sola persona a quien la miseria de los hombres impedía vivir: Simone Weil. Ella siguió su camino y finalmente se fue en busca de la santidad. A nosotros, a quienes la miseria de los hombres no nos impide vivir, que por lo menos no nos impida pensar. No nos creamos obligados a desvariar para atestiguar nuestros buenos sentimientos.

También me niego a cumplir esas condenas sumarias a las que me invitan tantos de mis adversarios e incluso de mis amigos. Me niego a decir, como querría Maurice Duverger, que “la izquierda es el partido de los débiles, de los oprimidos y de las víctimas”, porque ese partido, el de Simone Weil, no está ni a la derecha ni a la izquierda; está permanentemente del lado de los vencidos y, como todos saben, el señor Duverger no pertenece a él. Me niego a decir que “el marxismo proporciona en el momento actual la única teoría de conjunto de la injusticia social”, porque entonces los biologistas deberían decir que el darwinismo proporciona la única teoría de conjunto de la evolución de las especies. Me niego a denunciar el capitalismo como tal, o a la burguesía como tal, y atribuir a los “feudales” (¿cuáles?) la responsabilidad de los errores cometidos en Francia desde hace medio siglo. Toda sociedad cuenta con una clase dirigente, y el partido que se ofrece a tomar el relevo trae consigo una sociedad peor que la sociedad presente. Acepto denunciar las injusticias sociales, no la injusticia social, cuya causa mayor sería la propiedad privada y cuya teoría sería el marxismo.

Sé bien que Étienne Borne(17), que sólo me desea el bien, me reprocha amigablemente “desplegar un inmenso talento para explicar mediante razones irrefutables que las cosas no pueden ser diferentes de como son”. Es verdad que alego contra la utopía con mayor frecuencia que contra el conservadurismo. La crítica de las ideologías en Francia, en el momento actual, es un medio para apresurar las reformas. En el plano de la filosofía, no del periódico diario, Étienne Borne y también el padre Leblond me reprochan por no dejar que se perciba, en el horizonte de la historia, la conciliación de los valores provisionalmente incompatibles. Extraño reproche por parte de católicos que consideran el mundo corrupto por el pecado.

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