Raymond Aron

Me parece esencial sacar a la luz la pluralidad de consideraciones a las que se debe someter la acción política o económica. No considero esta pluralidad como incoherente. En el orden económico, el afán por una producción al máximo y el afán por una distribución equitativa no están permanentemente ni en contradicción ni de acuerdo. La conciliación de la justicia con el crecimiento exige un compromiso entre cierta igualdad y cierta proporcionalidad de la retribución al mérito. El objetivo económico de un mayor bienestar se opone con frecuencia al objetivo político del poder.

En el orden político, la dificultad fundamental, a mi juicio, es lograr la participación de todos los hombres en la comunidad con la diversidad de tareas. Los hombres han buscado la solución de esta antinomia en dos direcciones: por una parte, han proclamado la igualdad social y política de los individuos, a pesar del prestigio desigual de las funciones cumplidas por cada uno. Sin duda las sociedades modernas son las únicas que han extendido universalmente el principio de igualdad que las ciudades antiguas limitaban sólo a los ciudadanos y que el mismo imperio romano no extendía ni a los esclavos ni a todos los pueblos conquistados. Pero cuanto más la democracia trata de restaurar, en las sociedades complejas, la igualdad económica y social que las poblaciones sin escritura, poco numerosas, mantenían con esfuerzo, más se manifiesta el contraste entre el hecho y el derecho. Las sociedades democráticas y las sociedades soviéticas están condenadas a la hipocresía, aunque en medidas diferentes, porque el peso de las cosas no les permite realizar efectivamente su idea.

La segunda solución consiste en consagrar la desigualdad de las condiciones y volverla aceptable, al convencer a todos los no privilegiados de que la jerarquía se da conforme a un orden superior, cósmico o religioso, y que deja intacta la dignidad o la oportunidad de cada uno. El régimen de castas es la forma extrema de la solución inequitativa, que ha suscitado fenómenos horribles al degradarse, pero cuyo principio, como tal, no era aborrecible. O, por lo menos, si la solución inequitativa es, como tal, imperfecta, la otra solución también lo es, por lo menos en tanto que las circunstancias no permiten realizarla efectivamente.

Aun la religión de salvación, a través de la historia, ha oscilado entre dos extremos; o bien ha consagrado o aceptado las desigualdades temporales al desvalorizarlas: en relación con lo único que cuenta, la salvación del alma, ¿qué importan los bienes de este mundo, riqueza, poder? O bien, en nombre de la verdad evangélica, ha denunciado las desigualdades sociales y económicas y exhortado a los hombres a que reorganicen las instituciones conforme a los preceptos de Cristo y de la Iglesia. Cada una de estas dos actitudes implica un peligro para la autenticidad de la religión. La primera corre el riesgo de inclinarse hacia una especie de quietismo, hacia la aceptación complaciente de las injusticias, incluso a la santificación del orden establecido. La segunda, llevada al extremo, mantendría la voluntad revolucionaria, en la medida en que las sociedades, hasta el día de hoy, han sido incapaces de dar a los ciudadanos la igualdad de condiciones o de oportunidades solemnemente reconocida para las almas.

Los socialistas cristianos (y, por la misma idea, los progresistas pertenecen a esta tradición) suelen tener la convicción de que sólo ellos son capaces de salvar a la Iglesia de la transigencia con la injusticia establecida, que ellos, y sólo ellos, son fieles a la enseñanza de Cristo. Las Iglesias, incluso las de salvación, nunca evitan por completo la recaída en lo que Bergson llamaba la religión estática. Tienden a justificar los poderes que les reconocen el monopolio (o, en nuestra época, algunos privilegios) en lo que se refiere a la administración de los sacramentos o a la educación de la juventud. El cristiano, cuyas opiniones son políticamente conservadoras, y el clero, al cuidado de las escuelas o los conventos, invocan a veces, para disculpar cierta indiferencia ante las desigualdades sociales, la idea de que la verdadera partida no se juega en las luchas del Foro. En el otro extremo, el progresista va hasta el final de la esperanza histórica, es decir temporal, en el doble sentido de esta palabra.

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