Raymond Aron

Me abstendré de tomar partido entre las dos actitudes: una y otra, en su expresión auténtica, pueden legítimamente decirse cristianas. Tal vez el político más profundamente cristiano sería el que viviera, cada instante, la tensión entre esas dos exigencias; nunca tendría la sensación de haber trabajado lo suficiente por la justicia humana y, sin embargo, pensaría que los resultados de ese esfuerzo incansable son irrisorios y deben parecerlo junto a la única posibilidad: ni resignado a la miseria ni olvidadizo del pecado.

En nuestra época, en Francia, el péndulo se inclina del lado del socialismo evangélico, por lo menos en los medios intelectuales católicos de la capital. Se reprocha a la “jerarquía” preocuparse exageradamente por las escuelas y comprometerse con el “desorden establecido”, para retomar la fórmula de Emmanuel Mounier, en el vano afán de conseguir algunas subvenciones del Estado. No he tomado partido en el debate y no tendría por qué hacerlo. No me importa si los católicos votan por la izquierda o por la derecha. Lo que me interesa es que algunos católicos se sientan atraídos por los partidos que prometen el reino de Dios sobre la tierra al grado de perdonarles las persecuciones infligidas a los cristianos en China y en Europa oriental.

No fue poca mi sorpresa, en el Centro de Intelectuales Católicos(18), al oír a un padre jesuita, lo más lejano posible del progresismo, presentarme la espera del reino de Dios sobre la tierra como una esperanza, cuando no una creencia necesaria. ¿Cuál es entonces la definición de ese reino de Dios? Me asombra la facilidad con la que los pensadores católicos retoman por su cuenta el optimismo de la época de la Ilustración, amplificado y vulgarizado por el marxismo. El intento de rebasar a los comunistas por la izquierda me parece políticamente vano y, en lo que se refiere a la doctrina, si no el dogma, es discutible. Por lo demás, este optimismo técnico pertenece a la vanguardia de ayer más que a la de hoy.

Ni siquiera he criticado ese optimismo como tal, me he limitado a seguir los procesos por los que se pasa de la sociedad sin clases -versión materialista del reino de Dios sobre la tierra- a un esquema del devenir histórico, luego a una clase y luego a un partido, agente de la salvación. Al fin de cuentas, se confunden las etapas de la historia profana -sucesión de los regímenes sociales- con los momentos de la historia sagrada, diálogo de los hombres (y de cada hombre) con Dios. Es necesario y fácil marcar la separación entre una y otra historia y recordar que quien cree totalmente en la primera, por ello mismo, deja de creer en la segunda.

Mi amigo, el padre Dubarle, en un artículo lleno de matices (19), empieza por darme la razón, al punto de considerar la demostración casi superflua por evidente. “Con toda seguridad, por fin la historia, la historia real y concreta, que se deja reconocer en el nivel de la experiencia y la razón humanas, no es ese sustituto secular de la divinidad que ha fascinado con su sueño a tantas almas contemporáneas. Todas estas cosas están muy bien dichas y, por lo demás, es una cierta sorpresa (también para Raymond Aron) sobre la que hay que reflexionar, darse cuenta de que hay tanta necesidad de que se digan en nuestra época… ” Luego sugiere, mediante preguntas sutiles, que las separaciones rigurosas entre lo temporal y lo eterno, entre lo profano y lo sagrado, tal vez dan una claridad aparente más que verdadera luz. Intentemos, sin embargo, responder a esas preguntas que no estamos seguros de comprender muy bien.

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