Raymond Aron

“Un cristiano -escribe- plantearía una pregunta a Raymond Aron para saber si puede aceptar que una predicación religiosa de la eternidad pretenda conferir al mismo tiempo, desde luego de manera subalterna y relativa, una significación humanamente importante al devenir temporal del género humano.” Nunca he pensado en negar “una significación humanamente importante al devenir temporal del género humano”. No siendo creyente, en el sentido común del término, ¿cómo habría podido negar esa importancia sin caer en un nihilismo puro y simple? El debate no tiene que ver con “la importancia del devenir temporal”; el debate tiene que ver con la verdad de una interpretación de la historia que muestra a la humanidad caminando hacia la sociedad sin clases, en cuya aventura una clase y un partido desempeñan el papel de salvador. Una vez descartada esta mitología, el devenir temporal sigue siendo importante, pero no obedece ni a un determinismo escrito por adelantado ni a una dialéctica; impone tareas a los hombres, renovadas cada instante y, en el fondo, permanentes. Los hombres nunca habrán terminado de someter el peso de las instituciones a la voluntad de justicia.

Dejemos el problema del clericalismo o del lugar de la Iglesia en las sociedades que rechazan una religión de Estado: no he abordado el problema al que hace alusión el padre Dubarle, no sé por qué. En el siglo XX en Francia, la Iglesia acepta que el Estado declare a la religión un “asunto privado”. Ya no le pide que imponga por la fuerza la verdad universal a la que sigue pretendiendo, legítimamente desde su punto de vista: está de acuerdo en que la igualdad cívica y política sea otorgada a los no creyentes. No creo que, en esos puntos, el padre Dubarle sea menos partidario que yo del laicismo.

El laicismo no limita a la Iglesia a la administración de los sacramentos y no la condena al silencio en lo que se refiere a política o economía. La Iglesia quiere penetrar la organización de la Ciudad de espíritu cristiano. En ese sentido, todos los cristianos, y no sólo los cristianos progresistas, quieren “insertar lo eterno en lo temporal”. Pero no todos piensan que esta inserción, según un orden determinista o dialéctico, termine en el reino de Dios sobre la tierra. Ahora bien, cuando niego que el devenir sea ordenado o que la inserción pueda ser total, inmediatamente se sospecha que niego toda significación al devenir y todo comercio entre lo eterno y lo temporal. Extraño malentendido, o más bien ¡qué malentendido tan revelador! Quien ha comprendido la naturaleza de los hombres y de las sociedades sabe que el “cristianismo” ha implicado un esfuerzo secular y, en ese nivel, la aceptación de una parte histórica. Sabe también que esa parte nunca se gana enteramente o, en todo caso, que la historia profana, la historia económica o social, no tendrá término final. Sin embargo, ni el cristiano ni el racionalista se desinteresa del devenir temporal porque, si bien ignoran el futuro, no ignoran los principios de una sociedad humana. Si tantos católicos temen renunciar a la dialéctica histórica es porque, también ellos, han perdido los principios y, a la manera de los existencialistas, piden a los mitos las certezas que les hacen falta.

Los cristianos progresistas mantienen, entre los creyentes, un papel análogo al de los existencialistas entre los no creyentes. Éstos integran fragmentos de marxismo a una filosofía de extremo individualismo y casi nihilismo, porque, al negar toda permanencia de la naturaleza humana, oscilan entre un voluntarismo sin ley y un doctrinarismo fundado en mitos. Los cristianos progresistas se niegan a juzgar a los regímenes según las condiciones dadas a las Iglesias y están listos para conceder un valor casi sagrado a una técnica económica, a la lucha de clases o a un método de acción. Cuando yo denuncio la conversión al doctrinarismo de los descendientes de Kierkegaard o la oscilación de los progresistas entre el “revolucionarismo” contra las sociedades liberales y el “clericalismo secular” en beneficio de las sociedades comunistas, me acusan de escepticismo, como si éste apuntara contra la fe auténtica, cuando apunta a los esquemas y los modelos, las ideologías y las utopías.

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