Raymond Aron

Habiendo excluido una ley moral que gobernara las intenciones, decididos a ignorar las virtudes o el perfeccionamiento interior que los griegos o los cristianos proponían como ideal, los existencialistas sugieren a cada uno llevar a cabo su salvación según su propia ley y sólo se salvan de la anarquía por la idea de una comunidad en que los individuos se reconozcan recíprocamente en su humanidad.

La idea de la comunidad auténtica, que parte de una inspiración generosa, es mediocremente iluminadora. En una filosofía que pone el acento sobre la creación individual de los valores y del destino propio, parece un llamado a la concordia contra la realidad de la lucha de las conciencias, un sueño de universalidad en una fenomenología de las fatalidades particulares. En todo caso, debería ser evidente que esta idea tan formal es una idea de la Razón (para usar el vocabulario kantiano), que no es y no puede ser el objeto de una voluntad singular o el término próximo del movimiento histórico.

A partir de esta filosofía, ¿deberían los filósofos estar a favor de una democracia al estilo occidental o de una democracia al estilo soviético? En todo caso, no deberían otorgar valor absoluto ni a una ni a la otra. En efecto, ni una ni otra logra integralmente el reconocimiento recíproco de los individuos. En cuanto a saber cuál de las dos se acerca más o se aparta menos, ésta es una interrogante, política o histórica, a la que ni El ser y la nada ni La fenomenología de la percepción ayudan a responder. Cuando se trata del régimen de la propiedad, del funcionamiento de la economía, de un partido único o partidos múltiples, la descripción sociológica es más instructiva que la fenomenología trascendental.

El marxismo de ambos filósofos tiene un origen parcialmente accidental. Uno y otro, que vivían al oeste de la cortina de hierro, se sintieron hostiles a la democracia burguesa e incapaces de adherirse al comunismo cuya ortodoxia rechazaban. Pero esta preferencia política no se habría expresado en textos filosóficos si la tentación del marxismo no se hubiese ejercido sobre los descendientes de Kierkegaard, si los existencialistas, procedentes de la conciencia trascendental, de la angustia y de la preocupación, no hubiesen experimentado la necesidad de reintegrar en una filosofía del no sistema fragmentos de la totalidad histórica hegelianomarxista.

En Derecho natural e Hístoría(7), al final del capítulo dedicado a Burke, Leo Strauss escribe:

“La teoría política se convirtió en la inteligencia de lo que ha engendrado la práctica, la inteligencia de lo actual, y dejó de ser la búsqueda de lo que debería ser: la teoría práctica dejó de ser “teóricamente práctica” (es decir, deliberación al segundo grado), para regresar puramente teórica en el sentido en que la metafísica (y la física) se comprendían tradicionalmente como puramente teóricas. Entonces apareció un nuevo tipo de teoría, de metafísica, que tenía como tema supremo la actividad humana y lo que ésta engendra más que la totalidad, que no es para nada el objeto de la actividad humana. En el seno de la totalidad y de la metafísica, que está fundada en ella, la actividad humana ocupa un lugar elevado pero secundario. Cuando la metafísica, como lo hizo desde entonces, llegó a considerar las acciones humanas y sus resultados como el fin hacia el cual tienden todos los seres o todos los procesos, se convirtió en una filosofía de la historia. La filosofía de la historia era esencialmente teoría, es decir contemplación de la práctica de los hombres y necesariamente, por consiguiente, de la práctica humana total y terminada; presuponía que la acción humana privilegiada, la Historia, estaba terminada. Al convertirse en el tema supremo de la filosofía, la práctica dejó de ser práctica propiamente dicha, es decir preocupación por los agenda. Las rebeliones contra el hegelianismo por parte de Kierkegaard y de Nietzsche, en la medida en que ejercen hoy una fuerte influencia sobre la opinión, se presentan pues como intentos por restablecer la posibilidad de una práctica, es decir de una vida humana que tiene frente a sí un futuro significativo e indeterminado. Pero estos intentos aumentaron la confusión, puesto que destruyeron tanto como pudieron la posibilidad misma de la teoría. El ‘doctrinarismo’ y el ‘existencialismo’ nos parecen dos extremos igualmente salpicados de error.”

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