Raymond Aron

El conocimiento de las leyes de funcionamiento y de transformación del capitalismo permite al marxismo reivindicar simultáneamente los privilegios de la historia hecha y las obligaciones de la historia por hacer. El futuro de los marxistas es significativo, puesto que traerá la solución de los conflictos, y está parcialmente indeterminado en el sentido de que el momento y las modalidades de la realización no son previsibles y tal vez no estén rigurosamente determinados.

Esta filosofía, por su equívoco, se presta a múltiples interpr etaciones, algunas de las cuales no son inaceptables para los existencialistas. Éstos ignoran una teoría, en el sentido de una metafísica contemplativa que abarcara el conjunto del cosmos y de la humanidad, pero, por lo menos en la escuela francesa, se acercan a los marxistas en sus concepciones antropológicas. Detestan el pensamiento contemplativo y la vida interior, ven en el hombre esencialmente al ser que trabaja, que transforma el medio y domestica las fuerzas naturales. ¿Por qué no aceptarían la visión marxista de un desarrollo histórico, dirigido por el aumento de las fuerzas productivas y que llega al dominio del hombre sobre la naturaleza?

Marxistas y existencialistas chocan en el punto en que la tradición de Kierkegaard no puede reconciliarse con la de Hegel: ningún régimen social o económico podría resolver el misterio de la historia; el destino individual trasciende a la vida colectiva(8). La conciencia de cada uno queda siempre sola frente al misterio de la vida y la muerte, por más organizada que pueda estar la explotación en común del planeta. El sentido último de la aventura humana no está dado por la sociedad sin clases, aun cuando esta última deba realizarse inevitablemente.

Los existencialistas se acercaron al marxismo por medio de las obras de juventud de Marx. Retomaron la dialéctica de la enajenación y de la reconquista de uno mismo, en que el proletariado, totalmente enajenado, lleva a cabo, por esa misma razón, una intersubjetividad auténtica. Pero, a la vez, sin darse cuenta de ello, cayeron en el “doctrinarismo”: referían las sociedades particulares a un modelo supuestamente universal y, por un doble decreto arbitrario, condenaban a ciertas sociedades y exaltaban a otras, bajo el pretexto de que estas últimas apelaban al modelo promovido a una verdad suprahistórica.

El marxismo lleva en sí virtualidades de doctrinarismo. Al bautizar la Revolución futura como el fin de la prehistoria, Marx confiere a una acción, cargada con las incertidumbres propias de la condición del hombre en el devenir, la dignidad de una verdad teórica, la cual se ofrece a la mirada del filósofo como abarcadora del conjunto, cosmos e historia terminada. Dado que atribuye a una clase particular la función de poner fin a la división en clases, autoriza a tr ansfigurar a un grupo de hombres en agentes de la salvación común. Las contradicciones son inseparables del capitalismo, y sólo la violencia permite resolver las contradicciones. Así se llega a una extraña filosofía donde la paz saldrá de la guerra impulsada a su término, donde la exasperación de la lucha de clases sirve de prefacio a la reconciliación o incluso a la eliminación de las clases.

Hay más. El pensamiento de Marx estaba afectado por un error radical: remitir todas las enajenaciones a un origen único y postular que el final de la enajenación económica produciría el final de todas las enajenaciones. En la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx oponía con razón la libertad y la igualdad que el ciudadano goza en el empíreo político, al avasallamiento que sufre en la sociedad burguesa, es decir, en la actividad profesional. Para un proletario orillado a un salario de hambre, afirmar que los derechos formales del ciudadano son ilusorios es una verdad profunda. Pero e sta verdad profunda se transforma en ilusión temible si se supone que la liberación del trabajo implica las libertades políticas y se confunde con cierto régimen de la propiedad.

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