Raymond Aron

Lo que refrenaba las virtualidades de doctrinarismo que contenía el marxismo era el determinismo de la historia, tal como lo afirmaban los pensadores de la II Internacional. Mientras se admitiera una correspondencia entre el desarrollo de las fuerzas productivas, el estado de las relaciones de producción y la capacidad revolucionaria del proletariado, la acción concordaba con circunstancias no arbitrarias, con una evolución predeterminada. Un país subdesarrollado no podía acceder al socialismo; el socialismo sin democracia no era socialismo.

Los existencialistas franceses no retomaron ese “determinismo objetivo” de la historia. De pronto, amplificaron el doctrinarismo y multiplicaron las confusiones entre lo universal y lo particular, que son el pecado mayor del pensamiento político y a las que son propensos todos los teóricos.

Entendemos por doctrinarismo la atribución de un valor universal a una doctrina particular. El doctrinarismo incluye hoy dos modalidades. En la primera, se confunde los principios del orden ideal con ciertas instituciones. Por ejemplo, se decreta que el principio democrático -los gobernantes sólo son legítimos en la medida en que son voluntariamente aceptados por los gobernados – se confunde con las elecciones libres, según los procedimientos británico o francés; en lugar de examinar hic et nunc si se pueden introducir las elecciones en la Costa de Oro o en Nueva Guinea o con qué modalidades, se exige dogmáticamente que las costumbres electorales o parlamentarias de un país se reproduzcan en todas partes, sin tomar en cuenta circunstancias de tiempo y lugar.

El doctrinarismo incluye en este caso dos errores: el principio democrático del consentimiento está erigido como principio único(10) del orden político, y la traducción institucional a una civilización -las instituciones electorales y parlamentarias de Occidente- se toma como equivalente del principio en sí y recibe una validez igual a este último.

La segunda modalidad del doctrinarismo es la modalidad historicista. El orden ideal de la ciudad ya no depende tanto de la razón o de la voluntad de los hombres como de la evolución necesaria de la historia. El movimiento de las ideas y de los acontecimientos forjará por sí solo a la comunidad humana. Ahora bien, el filósofo no puede afirmar este carácter providencial de la historia si no conoce o no pres iente los rasgos distintivos del régimen que constituiría su fin. Pero ¿cómo saber que el término próximo de la historia será su fin, si sólo se toma conciencia de la verdad histórica retrospectivamente? O también, si la historia no está acabada, ¿cómo afirmar que se acabará si, por definición, el futuro es imprevisible? Esta contradicción está atenuada, si no suprimida, en la filosofía de Hegel por la circularidad del sistema: el hecho de que el fin remita al comienzo, y que al final las contradicciones que han puesto en movimiento al sistema se superen, da un sentido a la terminación de la historia, cuando no una prueba de ello.

La vulgarización de los temas hegelianos agrava el doctrinarismo implícito en esta manera de pensar. Si el fin de la historia se confunde con el Estado universal y homogéneo, resulta o corre el peligro de resultar en la negación de las particularidades y los derechos de las colectividades. El régimen económico y político, asimilado por decreto al Estado universal y homogéneo, está revestido de una dignidad universal. Desaparece la sabiduría de Montesquieu -las mismas leyes no son buenas en todas partes- , porque la contingencia histórica está sometida a la supuesta lógica del devenir. Tal filosofía de la historia, que propongo llamar el doctrinarisnio historicista, presenta características aparentemente contradictorias. En tanto que historicista, comprueba la diversidad de las costumbres, de regímenes políticos, de valores; niega que se pueda determinar, por reflexión, una verdad política o remitir las costumbres a una norma válida en todos los tiempos y todos los lugares. Pero simultáneamente plantea que la contingencia histórica obedece a una ley racional y llega por sí sola a la solución de los problemas planteados a la humanidad.

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