Raymond Aron

Las democracias occidentales se inclinan hacia un doctrinarismo moralizador, limitado a la política. Los regímenes valen en la medida en que participan o se acercan al

único régimen conforme al ideal, la democracia (elecciones libres e instituciones representativas), doctrinarismo que, por lo general, está menos explícitamente afirmado que confusamente sentido y que acompaña el rechazo explícito de toda jerarquía de valores entre la manera de vivir de los hotentotes y de los pigmeos y la de los est adunidenses o de los franceses de hoy. El doctrinarismo soviético es historicista: la dialéctica histórica es la que logrará el régimen ideal, promovido a una difusión universal.

Ambos doctrinarismos contienen implícitamente una filosofía del progreso: en un momento dado de la historia, el hombre ha sido capaz de comprender la verdad por sí solo y dominar las fuerzas naturales. El moralismo no fija rigurosamente las etapas de este descubrimiento y esta toma de posesión, mientras que el historicismo precisa su sucesión, aunque, en caso de necesidad, se salte una etapa o le añada otra. El moralismo no busca las condiciones indispensables para ese momento absoluto, siempre posible. El historicismo, en teoría, hace depender de las circunstancias la ruptura benéfica pero, de hecho, ambos doctrinarismos están animados por la misma confianza en la fuerza de la voluntad humana y en los recursos ilimitados de la técnica.

El doctrinarismo de los existencialistas es particularmente revelador. Presenta, exagerados hasta la caricatura, los errores intelectuales que paralizan la reflexión política. Los existencialistas empiezan por una negación, cercana al nihilismo, de toda constancia humana o social, y terminan por una afirmación dogmática de “una verdad única” en un asunto en que la verdad no puede ser sólo una. La crítica del dogmatismo es al mismo tiempo la del nihilismo. Por lo menos, tal era el objetivo del libro donde sólo se ha querido ver un testimonio del escepticismo.

Progreso económico y constancia política

Muchos críticos, incluso entre los que sintieron afinidad con el libro(9), reprocharon al Opio de los intelectuales por ser negativo, por multiplicar las refutaciones sin aportar nada constructivo(11). Merecí ese reproche al escribir la última frase: “Felicitemos la llegada de los escépticos si van a apagar el fanatismo”, aun cuando el conjunto de la última página significa exactamente lo contrario de lo que vieron allí los lectores apresurados. De hecho, yo expresaba el temor, y no la esperanza, de que la pérdida de las verdades supuestamente absolutas inclinara a los intelectuales hacia el escepticismo: “Sin embargo, el hombre, que no espera un cambio milagroso ni una revolución ni un plan, no está obligado a resignarse a lo injustificable. No da su alma a una humanidad abstracta, a un partido tiránico, a una escolástica absurda, porque ama a las personas, participa en comunidades vivas, respeta la verdad.”

Muchos escritos que se bautizan como “constructivos” son tan fútiles como los planes de un Estado universal o de un régimen nuevo de las empresas. Se llama constructivos a los proyectos incluso irrealizables, negativos a los análisis que tienden a delimitar lo posible y a formar el juicio político, juicio por esencia histórico y que debe enfocar lo real o fijar un objetivo accesible. A veces uno está tentado a echar abajo la jerarquía de valores y tomar el término negativo como halagador.

Sólo merecería ser calificada como negativa la crítica que, aunque separe las ilusiones, no ayude a des cubrir, a juzgar la realidad actual o permanente.

Ningún marxista(12), antes de 1917, consideraba posible una revolución socialista en un país en que el proletariado industrial sólo contara con tres millones de obreros y representara una minoría irrisoria. Sin duda, nunca se excluye restablecer el acuerdo entre una interpretación y la realidad, al introducir una hipótesis suplementaria: dado que allí el desarrollo económico se había retrasado, Rusia constituía el eslabón más débil de la cadena capitalista; ahí la industria estaba concentrada, ampliamente financiada por capital extranjero y, por ello, suscitaba la rebelión de las masas más que la industria nacional, incluso en una fase ulterior, de los países de Europa occidental.

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