Raymond Aron

Todas estas hipótesis no suprimen los hechos importantes que no valdría la pena recordar si los intelectuales izquierdistas no se las ingeniaran para olvidarlos: las revoluciones que apelan al marxismo sólo han tenido éxito en los países en que el desarrollo típico del capitalismo no se ha producido; la fuerza de los partidos comunistas en Occidente está en razón inversa al desarrollo capitalista; el dinamismo capitalista, en Francia o en Italia, no es el que engrosa las filas de los partidos revolucionarios, sino la parálisis de ese dinamismo.

De estos hechos importantes se deducen inmediatamente dos conclusiones. La primera, de orden teórico, tiene que ver con una de las versiones clásicas del materialismo histórico, la que se encuentra en la introducción de la Contribución a la crítica de la economía política . Es claramente falso que la humanidad se plantee sólo los problemas que es capaz de resolver, falso que las relaciones de producción correspondan al desarrollo de la fuerza productiva, falso que los regímenes de la propiedad correspondan al estado de las fuerzas productivas, falso que el movimiento económico sea autónomo u obedezca a un determinismo propio. La fuerza del partido bolchevique estaba adelantada respecto de la expansión del proletariado y del capitalismo, gracias a circunstancias excepcionales: guerra, dificultades de abastecimiento, hundimiento del régimen tradicional. El partido bolchevique pudo tomar el poder y dar la prueba de que la naturaleza del Estado y las concepciones de los gobernantes podían determinar la organización económica tanto como reflejarla.

La segunda conclusión, de orden histórico, es que no hay paralelismo o correspondencia entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el paso del capitalismo al socialismo. No se podría decretar dogmáticamente que los países con un régimen llamado capitalista (propiedad individual de los medios de producción, mecanismos del mercado) no llegarán algún día a un régimen llamado socialista (propiedad colectiva, restricción o supresión de los mecanismos del mercado). En ese sentido, un marxista no estaliniano podría decir que la General Motors ya no es propiedad individual, puesto que las acciones están dispersas entre centenares de miles de personas. Bastaría someter la oligarquía de los empresarios al Estado o a una asamblea mixta de accionistas, obreros y empleados, para llegar a un régimen que algunos marxistas no dudarían en llamar socialista. Podría hacerse comentarios del mismo tipo a propósito de los mecanismos del mercado, cuya zona de acción disminuye, y de la planificación, que gana terreno poco a poco.

Sea lo que fuere respecto de estas perspectivas a largo plazo, si se entiende por socialismo el régimen soviético y por capitalismo el régimen de los países occidentales, la rivalidad actual entre socialismo y capitalismo no tiene nada en común con la lucha entre el futuro y el pasado, entre dos etapas del desarrollo de la sociedad industrial. Por el momento, se trata de la rivalidad entre dos métodos de industrialización, y no vemos por qué el método más eficaz para manejar la economía estadunidense sería necesariamente la mejor para poner en marcha o acelerar la industrialización de la India o de China.

En otras palabras, hay una crítica marxista de la interpretación estaliniana de la coyuntura mundial. Si uno se refiere a las fases del crecimiento económico, la planificación de tipo soviético sería un procedimiento burdo para alcanzar a los países más avanzados, además de imponer a la población sacrificios aún más duros que los que impuso la industrialización en Europa occidental en el transcurso de la primera mitad del siglo XIX.

Tal crítica marxista, que retoma la prioridad de las fuerzas de producción, ordenaría los diversos regímenes socioeconómicos según una perspectiva que desembocaría en el régimen de estilo occidental, siendo el liberalismo del siglo XIX europeo y el sovietismo del siglo XX dos modalidades de una etapa superada. Aun si no se suscribe esta crítica, en todo caso no se puede hablar de un socialismo que ha construido una enorme industria reduciendo el nivel de vida de las masas, y un capitalismo que ha elevado el nivel de vida, ha reducido la duración del trabajo y ha permitido la consolidación de sindicatos, como si se tratara de las mismas realidades que consideraba Marx hace un siglo o que imaginaba por adelantado según un esquema después desmentido por los acontecimientos.

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